Las fallas del sistema eléctrico venezolano afectan la actividad comercial en Portuguesa, elevando costos y dejando a pequeños negocios al borde de la quiebra.
Los cortes eléctricos en Acarigua-Araure han dejado de ser un episodio ocasional para convertirse en un obstáculo cotidiano que está golpeando con fuerza al sector comercial en Portuguesa. En medio de la crisis energética en Venezuela, los comerciantes enfrentan pérdidas constantes, interrupciones en sus jornadas de trabajo y un aumento sostenido en los costos operativos que amenaza la viabilidad de muchos negocios.
La situación no solo afecta la dinámica diaria de ventas, sino que también limita la capacidad de los empresarios para planificar. Según denuncias del gremio, los cortes eléctricos en Acarigua-Araure ocurren sin previo aviso y, en muchos casos, coinciden con los momentos de mayor flujo de clientes, como los fines de semana. Esto impide aprovechar los días más rentables y deja a los comerciantes en una posición de incertidumbre permanente.
Wilfredo Soares, presidente de la Cámara de Comercio e Industria de Acarigua-Araure, ha sido una de las voces más insistentes en alertar sobre el impacto de estas fallas. En declaraciones recientes, explicó que la falta de programación en la administración de carga convierte cada jornada en una apuesta riesgosa. “El comerciante espera toda la semana para vender el fin de semana, pero un apagón en plena hora pico puede arruinarlo todo”, comentó, reflejando una realidad que se repite en distintos puntos del eje urbano.
La crisis energética en Venezuela no solo se traduce en interrupciones, sino también en un desgaste progresivo de los activos comerciales. Equipos fundamentales como neveras, aires acondicionados y sistemas de refrigeración están entre los más afectados por las fluctuaciones de voltaje que acompañan los cortes. En algunos casos, los picos eléctricos superan los niveles tolerables, reduciendo drásticamente la vida útil de maquinarias que representan inversiones importantes.
Los reportes técnicos recopilados por el sector indican que las variaciones pueden alcanzar entre 250 y 280 voltios, niveles que resultan críticos para la mayoría de los equipos comerciales. Esto implica que, además de perder ventas durante los apagones, los comerciantes deben asumir gastos adicionales por reparaciones o reemplazos, una carga difícil de sostener en el contexto actual.
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A medida que se agrava el deterioro del sistema eléctrico venezolano, los pequeños y medianos empresarios se ven obligados a buscar soluciones por su cuenta. La compra de plantas eléctricas, protectores de voltaje o sistemas alternativos se ha convertido en una necesidad para quienes intentan mantenerse operativos. Sin embargo, estos recursos no están al alcance de todos.
Para muchos negocios familiares, la inversión en equipos de respaldo representa un gasto imposible de asumir. Esto genera una brecha cada vez mayor entre quienes logran adaptarse y quienes quedan expuestos a las interrupciones constantes. En consecuencia, algunos comerciantes han optado por reducir horarios, limitar operaciones o incluso cerrar temporalmente.
El impacto también se extiende al empleo. La reducción de la actividad comercial afecta directamente la estabilidad laboral de trabajadores que dependen de estos negocios. En un entorno donde la economía ya enfrenta múltiples desafíos, cada apagón agrava la incertidumbre y reduce las oportunidades.
Distintos análisis de organismos independientes han coincidido en que el problema responde a un déficit estructural en la generación y el mantenimiento del sistema eléctrico. Aunque el régimen venezolano ha atribuido históricamente estas fallas a factores externos, especialistas señalan que la falta de inversión sostenida y la obsolescencia de la infraestructura son elementos determinantes.
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En regiones como Portuguesa, donde la actividad económica depende en gran medida del comercio local, las fallas eléctricas tienen un efecto multiplicador. No se trata solo de negocios que dejan de vender, sino de toda una cadena que se ve afectada: proveedores, transportistas y consumidores.
La realidad en Acarigua-Araure refleja, en menor escala, lo que ocurre en otras zonas del país. La fragilidad del sistema eléctrico venezolano sigue marcando el ritmo de la economía y condicionando las decisiones de quienes intentan sostener sus emprendimientos en medio de la incertidumbre.
Mientras no haya soluciones estructurales, los comerciantes continúan operando en un escenario impredecible, donde cada apagón representa una pérdida más. En ese contexto, la resiliencia del sector se pone a prueba día tras día, en un entorno que exige adaptarse constantemente para sobrevivir.
